19 oct. 2004

Colón, Colón

[...] Cuando Colón y sus marineros desembarcaron portando espadas y hablando de forma rara, los nativos arawak corrieron a darles la bienvenida, a llevarles alimentos, agua y obsequios. Después Colón escribió en su diario:

Nos trajeron loros y bolas de algodón y lanzas y mucha otras cosas más que cambiaron por cuentas y cascabeles de halcón. No tuvieron ningún incoveniente en darnos todo lo que poseían... Eran de fuerte constitución, con cuerpos bien hechos y hermosos rasgos... No llevan armas, ni las conocen. Al enseñarles una espada la cogieron por la hoja y se cortaron al no saber lo que era. No tienen hierro. Sus lanzas son de caña... Serían unos criados magníficos... Con cincuenta hombres los subyugaríamos a todos y con ellos haríamos lo que quisiéramos.

Estos arawaks de las Islas Antillas se parecían mucho a los indígenas del continente, que eran extraordinarios (así los calificarían repetidamente los observadores europeos) por su hospitalidad, su entrega a la hora de compartir. Estos rasgos no estaban precisamente en auge en la Europa renacentista, dominaba como estaba por la religión delos Papas, el gobierno de los reyes y la obsesión por el dinero que caracterizaba la civilización occidental y su primer emisario a las Américas, Cristóbal Colón.
Escribió Colón:

Nada más llegar a las Antillas, en las primeras Antillas, en la primera isla que encontré, atrapé a unos nativos para que aprendieran y me dieran información sobre lo que había en esos lugares.

La cuestión que más acuciaba a Colón era: ¿Dónde está el oro?


Howard Zinn. La otra historia de los Estados Unidos. Pág. 9

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